martes, 21 de julio de 2009

Señorita perfectita


Hace algunos años cuando aún contaba los años que me quedaban para los 25 (pensando que un cuarto de siglo era importante, no sé por qué), descubrí algo que cambio mi vida y dejé de querer ser la niña perfecta que siempre fui (…¡cuek!)

Tengo un hermano menor por poco. Siempre tuve muchos amigos varones y en general siempre me he llevado muy bien con el sexo opuesto. Pero cuando me gustaba un chico, algo pasaba, y mi mente me empezaba a dictar frases tan repetidas de mi madre como: -¡Por Dios mijita, canaliza esa risa!-. Cosa que nunca fui capaz de hacer, no porque no quisiera, sino porque mis carcajadas son tan explosivas que simplemente no puedo controlarlas. También frases como -Maquita, !las señoritas no dicen garabatos!, y así ,unas cuentas frases que me recordaban lo imperfecta que era.
El resultado era que durante las citas, trataba de comportarme como una “señorita perfectita”, evitando mis carcajadas, tratando de no decir garabatos, dando respuestas políticamente correctas, sumado a los nervios que me provocaba el chico que me gustaba, y mis esfuerzos por hacer todo bien (según yo), terminaba agotada. Lo pasé mal tratando de comportarme y de agradar a mi cita. Era tan frustrante llegar a casa sintiendo aún esa inconformidad de … no debí decir esto, o no debí hacer esto, que las citas se volvieron una lata y dejé de disfrutarlas, cada vez que conocía a alguien y me invitaba a salir, me incomodaba tan sólo pensarlo.
Hasta que llegó un día que no aguanté más y fui yo misma, con mis carcajadas brutas, mis garabatos, mis torpezas, mi estilo directo nada de diplomático, mis chistes en doble sentido, mis ironías, etc. Y ocurrió algo fenomenal!...........lo pasé increíble. Me importó un moco lo que pudieran pensar de mí, me centré en lo que yo quería, no en lo que creía que esperaban de mi, y lo disfruté. Simplemente fui yo, sin máscaras, la misma Maca de la casa, la de sus amigos, la que llegaba tarde a clases y tenía un vicio con las mentitas.
Lo que nunca imaginé, es que mostrar a la real Maca me traería muchos beneficios, porque la “Maca señorita” ¡no existía! De alguna manera, algo había en su discurso que la hacía menos creíble y mucho menos atractiva. En cambio, la Maca real, con sus virtudes y defectos, y dejando a un lado la humildad, como dice Thalía, iba ARRASANDOOOOOOOOOO!!!.

miércoles, 8 de julio de 2009

Visita al kinesiólogo.


Tenía unos 18 años cuando decidí visitar al kinesiólogo por algo que no recuerdo. Algo relacionado con los pies. Me preocupé de ponerme calcetines del mismo color y un poquito de talco, para no andar pasando vergüenzas (no tengo mal olor, pero uno nunca sabe).


Mi mamá me acompañó como siempre. Aunque ya era grande, ir al médico suponía la presencia de mi progenitora. Después de esperar unos 20 minutos en la sala, escuché mi nombre. Ahí estaba el médico llamándome. Alto, joven y guapo. -nada peor que visitar a un médico mino para que te vea las patas- pensé. Uno se acostumbra a que la mayoría de los médicos sean de edad avanzada. No se está preparada para encontrarse con un guapote en la vulnerabilidad de lo que significa mostrar alguna parte del cuerpo. Todo había empezado mal, pero no imaginé que empeoraría.


Como es de costumbre, me preguntó la edad, nombre y cosas de rutina. Le expliqué por qué lo visitaba. Le comenté de mis síntomas. Todo estaba bien hasta que me dijo -sácate la ropa y acuéstate en la camilla-. Me saqué los zapatos, los calcetines y me acosté. Cuando el doctor dejó de escribir y me vió, me dijo -necesito que te saques TODA la ropa-. Ups!.


Desvestirme delante de un mijito rico frente a mi mamá ya era terrible, pero la cosa empeoró cuando comencé a bajar mis pantalones y sentir mis nalguitas descubiertas, no podía ser……।!andaba con colales!!!!!. –¡por la misma mierda!- pensé, pero no terminó ahí, aún venía lo peor. Cuando me di cuenta el colales que estaba usando casi muero. Un colales verde, desteñido, que me había traído mi mamá como broma de Argentina. No era un colales normal, sino un mini colales. Con suerte y buena vista se notaba. Mi mamá me abrió unos ojos de cinco kilómetros y miró hacia otro lado, no podía más con la vergüenza ajena.


El médico se me quedó viendo unos segundos con cara de plop, pero hizo todo nada. Aunque sentía sus ojos en mi trasero todo el tiempo. Comenzó a revisar mi columna, brazos, piernas para lo cual ¡me tuve que subir a una pesa que tenía un espejo! Y así poder observar bien la curvatura de mis pies. Trataba de poner mis piernitas bien juntas, mientas moría por dentro. Hice todo lo que me pidió. Tratando de no caer desmayada. Mi mamá me miraba con cara de "me salió tonta esta niñita" Para cuando ya no me quedaba dignidad alguna, el broche de oro. El doctor me dice - levante los brazos lo más alto que pueda, y después tóquese la punta de los pies. ¡!!!!!!!!!!PLOP!!!!!!!!!!


Me mandó a sacar unas radiografías y que volviera la próxima semana. tuve que cambiar de centro médico y de doctor.

jueves, 2 de julio de 2009

Antonio Skarmeta es mi carma.


En mi época escolar, una profesora de castellano nos dio a elegir entre tres libros para el próximo control de lectura. Uno de esos libros era “Ardiente Paciencia”, de Antonio Skarmeta. La palabra “ardiente” me generó curiosidad. Los dieciséis años son una explosión hormonal para cualquiera. Mi intuición me dijo que ese libro me iba a entretener más de lo normal, y así fue, lo que mi instinto nunca me dijo, es que este libro años más tarde sería mi carma...


Con mi novio fuimos a un matrimonio en el verano recién pasado. Para sorpresa mía, uno de los invitados era Antonio Skarmeta. Le dije a mi novio – Amor, ahí está Skarmeta- con cara de emoción, -sí, que buena ahh- me respondió, mirándome con cara de ¿y..? . Entonces tuve que explicarle, -¿recuerdas el libro Ardiente Paciencia?, ese libro lo leí cuando estaba en el colegio, tenía dieciséis años. Tiene una escena tan caliente que tuve que parar mara masturbarme y después seguí leyendo-. Mi novio se rió y me dijo - ¡esto tenemos que contárselo!-, le pregunté si estaba loco, me moriría de la vergüenza, mientras él trataba de disuadirme diciéndome que a Skarmeta le encantaría escuchar algo así, que sería un gran regalo para cualquier hombre escritor.


Aquí fue cuando comenzó la tortura y Skarmeta se convirtió en mi carma. Desde ese día, cada vez que nos encontramos con el escritor, mi novio se le acerca y dice- ¡ella es una gran admiradora suya!- mientras me sube la presión y se me ponen rojas las mejillas. También lo llama para decirle cualquier cosa y me dice al oído -¡ este es el momento, cuéntale!, mientras yo me quiero morir y me escabullo por las paredes con la excusa de ir a buscar más vino. Ya van tres oportunidades que me la paso escondiendo. Para que mi adorado novio no empiece a conversarle a Skarmeta y a decirme frente a él - ¿qué era lo que le tenías que contar a Antonio?


Es que mi novio me tortura y mi boca me traiciona. ¡Quién me manda a contar semejante intimidad! No fue ni mi primera ni mi última tocadita pero….. !a quién le importa!, mejor me olvido del tema y me voy a leer mi nuevo libro "Ardiente Paciencia", algo me dice que va estar bueno.

viernes, 19 de junio de 2009

Soy Feliz!


Las personas por lo general creen que la felicidad está en alcanzar algunas metas. Por ejemplo:
Cuando me case voy a ser feliz…
Cuando me compré la casa voy a ser feliz…
Cuando encuentre trabajo voy a ser feliz….
Cuando tenga mucho dinero y viaje voy a ser feliz…..


Hace algún tiempo atrás yo también era una de estas personas. Dije “cuando viva sola voy a ser feliz, cuando tenga novio voy a ser feliz, cuando viaje por el mundo voy a ser feliz, cuando viva en NY voy a ser feliz"….. Para sorpresa mía y despues de haber vivido todas estas cosas, no siento nada distinto en mi vida que me me haga decir, ¡AHORA SOY VERDADERAMENTE FELIZ!.

Dicen que la felicidad sólo está hecha de pequeños momentos cuando todo parece estar bien. Cuando disfrutas plenamente de todo. Pero algo pasa, una noticia llega a interrumpir tú felicidad. Te despidieron del trabajo, tú novio se fue con otra, falleció tú madre.


Pensé que la felicidad no podía ser tan efímera. Me resistí a ese discurso. Luego de pensarlo muchas veces, me di cuenta de que la felicidad existe, que se mantiene y si uno quiere puede ser para siempre. La felicidad es un estado en donde uno decide ser feliz. No se compone de momentos. Claro que se van a presentar problemas, pues son parte de la vida, pero la felicidad va por dentro y tiene que ver con lo agradecidos que somos de la vida. La vida nos entrega cosas hermosas y la oportunidad de ser mejores personas y crecer. Para mí las cosas malas ya no existen, pues siempre me hay ayudado a ser mejor.


Ahora soy plenamente feliz. No digo que mi vida sea perfecta. Mis padres están pasando por un mal momento. De vez en cuando me discuto con mi novio. No estoy segura de tener vocación para la carrera que estudié y no me aceptaron en ninguna revista para escribir notas. Pero soy feliz. Cuando siento que el sol toca mi piel me siento viva y sé que habrán más oportunidades para crecer. Aunque muchas veces las cosas no resultan como espero, decidí ser feliz. Ver las cosas buenas de la vida, no enfrascarme en problemas, que si bien están y duelen, van a pasar y seré mejor que antes.


Comprendí que esos momentos de paz en donde parece que todo está bien, a los que las personas llaman "felicidad", son regalos. Pequeños momentos que te hacen alcanzar el cielo y que te dan fuerzas para seguir luchando. Pequeños alientos en el camino que llenan de frescura. Pero la felicidad es algo más profundo. La felicidad puede ser para siempre si uno quiere.

Desde ahora nadie ni nada me va a quitar la felicidad, porque ahora me la apropié. La felicidad es mía y la acompañan el amor de toda mi gente. Como una mochila gigante que no se hace pesada, donde está el amor de mis padres, mi novio, mi hermano, mi sobrino, mis amigos, mis tíos, y eso ya es un gran motivo para ser muy feliz. Y lo que tenga que venir, bienvenido sea.

martes, 2 de junio de 2009

Karen y Ana S\A


Karen se veía hermosa, simplemente radiante. La tarde anterior había tenido a su primogénita Ana.  su pelo negro brillaba y sus ojos derramaban una bondad que cubría toda la habitación. Hace algunos meses cuando nos conocimos en Paris, me contó que hacía tiempo que estaba buscando quedar embarazada, -después de los cuarenta años no es una cosa sencilla-, me dijo. Pero ahí estaba, cargando a su milagro de cinco meses, paseando por cada rincón del museo D’Orsay.


La idea de ser madre nunca la he sentido muy cercana, pero después de hoy, sé que lo quiero. No he visto muchas madres recién paridas, pero Karen me sorprendió, había algo en ella que hacía que en el ambiente se respirara paz y se pudiera tocar con la punta de los dedos. El mundo se había detenido en ellas dos, Karen y Ana eran una misma cosa, ambas de pelo negro y cutis perfecto, una la extensión de la otra.


Karen tomó a Ana entre sus brazos tiernamente y acaricio su mejilla. Ana emitía sonidos propios de una mujer de carácter. Sus cuarenta centímetros de prematura no eran un impedimento para hacerse notar, si le molestaba la luz o el ruido, lo hacía saber en su lenguaje bebuno y fruncía el seño.


Ana es perfecta, pequeñamente perfecta. Tiene unos rasgos finos, definidos, dignos de una reina de belleza en miniatura en categoría gramos. Usa unos aros de mini perlas y se sabe el centro de atención. Pienso como será cuando sea grande. Me la imagino guapa e inteligente, con personalidad, arrasando por la vida. Con sus pocos centímetros tiene cara de ganadora, creo que lo será. -Ana tiene nombre de Reina- mencionó alguien. No sé porqué pensé que las reinas no necesitan padre. Había tanto amor en esa sala, que tres serían multitud.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Cobardes y ególatras, pésima combinación.


Existen maneras y maneras de terminar una relación, unas más decentes que otras. Cómo olvidar el capítulo de Sex and the city cuando terminaron con Carrie con un post it, pésima forma, pero existen otras peores.
Una amiga me contaba hace unos días que tiene la intuición de que el pololo quiere terminar con ella. No le dice nada, en cambio, hace todo lo que a ella le molesta. Le corta o no contesta el celular, sale con las ex sin decirle nada y de alguna manera hace que ella se entere. Sale hasta tarde con los amigos,  inventa reuniones de última hora, transforma la casa en un caos, etc. Todos sabemos lo difícil que es, pero existen maneras más decentes para terminar. Qué tanto cuesta sentarse a conversar y explicar que ya no es lo mismo, que se fue el amor, incluso el clásico “no eres tú, soy yo” es mucho mejor a someter a la pareja a tal sufrimiento injustificado.

Es que hay hombres muy cobardes, (y mujeres también, pero ellos llevan la delantera). Cuando se está saliendo con un chico y deja de llamar, se entiende que ya no va más, uno se siente mal, pero bueno, así es la vida, hay más peces en el mar, NEXT. Pero cuando se tiene una relación formal, donde hubo amor, cariño, respeto, tiempo, ¿por qué querer terminarla de tan mala manera?.

Es que la cobardía y el ego de algunos hombres tienen niveles insospechados, ¿es que piensan qué son los únicos hombres en el mundo, o qué después de ellos no hay nada?, Está bien, no es tan fácil encontrar una persona que se ajuste a nuestros gustos, pero, ¡por favor! Debe haber algo mejor allá afuera que por lo menos tenga los cojones de decir, esto no va más.

viernes, 22 de mayo de 2009

Lola, la puta del Puerto.


Hace tiempo que venía fabricando su prostituto perfil. Con sus juegos perdidos y su mirada pícara, errada. Todo la hacía parecer una puta, sus movimientos, sus ojos, su ropa que cubría y encubría su deforme espalda, ardiente, sin pudores, ansiosa de posar de cama en cama.


Lola fue madre muy joven. A los dieciséis estaba amamantando a una criatura. Su hijo nació en el hospital municipal. Era un bebé muy robusto, hermoso, con grandes ojos azules hambrientos de conocer el mundo. Miraba con asombro todo lo que se cruzaba en su camino, con una contemplación absoluta, como si hubiera magia en cada pañal, cada biberón que se cruzaba en su camino. Todas las enfermeras comentaban su hermosura y se turnaban para cargarlo. Lola nunca más volvió a ver al padre, un amante ocasional quién apenas se enteró de su embarazo, la golpeó brutalmente y le gritó- ¡perdida, calienta pico, no tendré un hijo contigo, ese pendejo no es mío puta de mierda! . Desde ese día que Lola tiene la muñeca quebrada y cada vez que llueve, su muñeca le anticipa la precipitación con punzadas.


Lola se teñía rubio platinado, quería llamar la atención de cuanto hombre se le cruzara, no importaba la edad, clase social o estado civil, el sólo imaginarse penetrada, la hacía sucumbir ante cualquier invitación, por más profana que fuera. Sólo así, se sentía segura, querida, deseada, y era la única manera de no escuchar a sus sombras, aunque sólo fuera por algunos minutos.


El barrio la llamaba “la care muralla” y en ocasiones “la poto chimenea”. Desde que la sorprendieron en un oscuro callejón con las manos y rostro apoyados contra la pared, mientras un hombre levantaba su ajustada y corta falda de jeans, haciéndole el amor con los pantalones en las rodillas. El hombre metía sus manos bajo su estrecha camiseta para tocarle los pechos. Sus piernas largas y blancas junto con su cabellera platinada, se hacían notar en medio de la oscuridad de la noche. Sus gemidos no pasaban desapercibidos mientras el dueño de la florería de la esquina maniobrada su pene para metérselo lo más profundo posible diciéndole al oído: – ¿quién es la grandísima puta?, Zorrita-.


Quizás se abría mantenido el secreto si no fuera porque la esposa del dueño de la florería los sorprendió en pleno acto.  La señora siguió a Lola a escobazos y gritos por toda la cuadra hasta que Lola pudo cerrar la puerta de su casa y zafarse de la enajenada esposa. Desde ese día todo el barrio se le vino encima, las mujeres odiándola y los hombres deseándola. Las mujeres le hacían desprecios, le quitaron el saludo, miraban hacia otro lado cuando se la encontraban y a veces le tiraban huevos a la puerta de su casa. Los hombres, en cambio, trataban de topársela a solas a ver si corrían la misma suerte del florista.


Lola tenía el cabello largo y bien cuidado y unos ojos azules pequeños de mirada fija. Le gustaba dejarse las uñas largas y rojas. La gente decía que se parecía al padre, un marino inglés que una vez tuvo una aventura con su madre. Él nunca se enteró que el único encuentro de esa noche húmeda llena de estrellas, engendraría a Lola.


Un día en un bar, Lola tomaba su Martini de los días viernes, sola, como de costumbre.  Un hombre del otro lado de la barra la observaba atentamente, cada movimiento, cada cigarrillo que se llevaba a la boca. Creía estar viendo un ángel en medio de las tinieblas de aquel lúgubre bar. Lola sentía la mirada de aquel hombre, pero no le prestaba atención, seguramente era otro tipo que se había enterado de su reputación y quería tener una noche de placer, lo que podía esperar, pues el martini de los días viernes era la excusa perfecta para estar con ella misma y consolarse. Ya que no le quedaban amigas, así es que ella misma tenía que cumplir con esa labor y confortarse una vez a la semana en compañía del barman que siempre era tan amable.


Luego de unos minutos, el hombre del otro lado de la barra se sentó junto a Lola. Lucía un abrigo largo, negro. Usaba lentes de lectura y parecía un tipo serio. La invitó otro Martini y Lola como de costumbre aceptó. La miraba como a un espejismo, concentrado en su pelo, su sonrisa, sus manos, sus gestos, toda Lola le parecía un sueño. Comenzaron a hablar y él le contó acerca de su profesión, se llamaba Ian. Era médico, andaba por el fin de semana en la ciudad por un congreso de cirugía de su especialidad. No conocía a nadie.  No quería salir a beber con otros médicos, no tenía ganas de lidiar con el éxito de los demás ni con el propio. Al comienzo hablaban de trivialidades, el clima, el bar, comidas, etc, Lola se reía del acento de Ian, le parecía muy divertido y cuando trataba de hacer chistes, se veía aún más gracioso gesticulando más rápido de lo que su atarantado español le permitía explicar.


Ian era un médico exitoso en Estados Unidos, vivía en New York. Toda su vida se la había pasado estudiando, entre internados en el hospital y las clases en la universidad. Si bien se había divertido en su juventud, no tuvo mucho tiempo para relaciones sentimentales, siempre estaban primero las responsabilidades. Ian era cardiólogo, muy reconocido entre sus pares, de padre gringo y madre venezolana. Físicamente era la mezcla perfecta de un mestizaje programado, alto, de piel blanca, pelo oscuro, una gran sonrisa en honor a su madre, con un corazón alegre, latino, apasionado, aunque más bien se veía un tipo serio. Para Ian no era fácil entrar en confianza, pero cuando lo hacía, dejaba florecer sus instintos más caribeños.


Ian contemplaba a Lola largamente, sin decir mucho, sólo buscaba palabras como excusas para poder mirarla, recorría con la mirada el pelo rubio de Lola, desde el comienzo hasta el final, cada detalle de su cara, su boca, ¡cómo miraba esa boca! Parecía que sus ojos fueran parte de su tacto y la recorría con tiempo, fijándose en cada detalle entre comisura y comisura. Ian tenía tantas ganas de llevarla a la cama, pensó en esa posibilidad segundo por medio desde que la vio, pero sabía que su corazón no aguantaría, quién mejor que él para dar el diagnóstico. Su enfermedad estaba pasando por un periodo de extremo cuidado, darle un poco más de trabajo a su corazón podría ser fatal.


Y así pasaron las horas, hasta que amaneció. Salieron juntos del bar. El sol comenzaba a llenarlo todo, mientras iban apareciendo los pintorescos colores de las casas un poco maltratadas por el tiempo. Ian miraba a Lola, su vestido azul, sus uñas rojas, las casas, las calles, quería guardar cada detalle en su memoria para poder volver a ese día cada vez que se sintiera agobiado en el imparable New York.


Ian quiso despedirse con un beso, pero sabía que si lo hacía no podría contenerse. Tomó la mano de Lola y la besó con un beso profundo, húmedo, como si besara sus labios y acarició sus dedos, uno por uno, mientras Lola cerraba los ojos para sentirlo por última vez. Lola dejó correr una lágrima por su mejilla y dio un suspiro que despertó su alma. Era la primera vez que se sentía querida, deseada y segura sin pasar por una cama.


Desde ese día Lola vuelve al bar todos los viernes para tomar su Martini. Pero ahora ya no para consolarse, sino para cerrar los ojos y volver a sentir a Ian besando su mano y reírse al recordar su mal hablado español.


lunes, 4 de mayo de 2009

Ser leona en tiempos de fidelidad.


Esto de tener espíritu de Leona y estar pololeando (tener novio) es toda una experiencia. La cacería está prohibida y hay que acostumbrarse a la idea.


Fueron años de mi vida los que pasé sin tener ningún tipo de compromiso. Sólo candidatos a pololo, pero ninguno se llevó el título. Cuando se pasa mucho tiempo sin pareja, -aunque puede ser que sólo me suceda a mí- creo que la personas nos ponemos frescolinas y se adquiere una especia de técnica de casería. Aún recuerdo mi último….. , bueno, mi penúltimo chico candidato antes de ponerme a pololear. Lo conocí en una fiesta a mediados de semana, de esas con tenida formal después de la oficina. Nadie me lo presentó.  Lo vi subiendo las escaleras del castillo y parecía un príncipe. Desde arriba lo miraba mientras bajaba con mi vestido negro de satín con pintas blancas. Mirándolo a los ojos y sonriéndo coquetamente de dije –hola-. Eso fue todo. Después no lo volví a ver. Habían muchas personas en la fiesta y difícilmente podría encontrarlo. El miércoles de la semana siguiente nos encontramos y me preguntó - Eres la relacionadora pública? la semana pasada me saludaste - , - ays, la verdad no recuerdo, pero seguramente te encontré cara conocida y por eso te saludé- respondí. ¡cuec! de fresca nomás.


No digo que cada vez que quise seducir a un chico me resultó, pero diría que el 90 % de las veces dio positivo (igual bien). Hay que encontrar la técnica y saber cuáles son las fortalezas que uno posee. Eso hice yo. Pensé que evidentemente no todo el mundo me va a encontrar guapa, aunque mis papitos me digan lo contrario.  -si al chico no le llego por guapa, le tengo que llegar por simpática o por divertida-, y así lo hice y me fue bien, la cuestión era jugar.

Hoy, tengo a la leona dormida, pero a veces le dan ganas de despertar. Sobre todo en Berlín. ¡nadie me dijo que encontraría chicos tan guapos! Es que los alemanes se las traen, parece que de verdad son una raza superior y ¡más encima me miran!. Creo que les llama la atención mi piel tan blanca y mi pelo negro. En Berlín son todos muy claros y yo que lo latina lo llevo bien puesto.


Sólo el amor es mi ángel bueno que me dice-¡ no mires tanto!, ¡no seas golosa!, a ti no te gusta cuando te hacen lo mismo-. También recuerdo  la biblia que dice: si tú ojo derecho te es ocasión de caer, es mejor que lo arranques, pues es mejor llegar al cielo tuerto que ir completito al infierno (claramente no está textual, pero es la idea), ahí es cuando reacciono y me porto mejor. Si bien los lentes oscuros ayudan, no lo hacen todo. Trato de ser disimulada, pero ese nunca ha sido mi fuerte. Me imagino en esta misma ciudad soltera y me rio sola, aunque no cambiaría por nada del mundo lo que tengo.


¡ayúdame Dios a no caer en la tentación!.

lunes, 27 de abril de 2009

Mi novio es un fama y yo una cronopia.


Así nos describiría Cortázar, mi novio es un fama y yo una cronopia. Para los que no hayan leído a Cortázar, les explicaré con ejemplos a qué me refiero.


Mi novio llega del trabajo y se pone cómodo. Se saca la ropa y la separa en dos. La que va a la ropa sucia, la pone dentro del canasto. La ropa limpia, la  dobla y guarda en su closet perfectamente ordenado. Su closet está ordenado por estaciones del año, tamaños, tipos, marcas y colores.


Yo en cambio, llego a casa, (claramente no del trabajo, de algún happy hour con mis amigas neoyorkinas), tiro los zapatos en mi lado de la cama. Veo los zapatos que están del día anterior, y los del anterior. Me saco la ropa arrumbandola sobre el canasto. Ropa limpia y sucia juntas. Me tiro a la cama para descansar un rato (no sé de qué).

Mi novio fama, me invita a almorzar con unos amigos de Chile, me llama, y no le contesto. Lo que él aún no entiende, es que el teléfono de un cronopio nunca funciona bien, a veces suena, a veces no, y lo mismo con los mensajes. Decide mandarme un mail para hacerme la invitación. Quedamos a las dos en Pastis.


Yo, como perfecta cronopia, me baño, me arreglo, me demoro y salgo a juntarme con el fama. El fama tiene los minutos contados. Me llama al celular y quedamos de encontrarnos antes de llegar al restaurant. Fama camina rápido, yo, obviamente, uso zapatos de cronopia, altos, bellos, recién comprados. Imposibles para andar apurada. Fama tiene ganas de insultarme pero es un caballero y se come la mierda, me dice – amor, puedes mirar alrededor y contar cuantas mujeres andan con tacos- yo, cronopia, pero no estúpida, no contesto. Obviamente llegamos tarde, y yo no me puedo sacar de la cabeza mi cronopio computador que no encendió hoy en la mañana.

martes, 21 de abril de 2009

Piecitos de amor.


Dormir contigo, es uno de mis deportes favoritos.
Me gusta cuando me abrazas dormido y entre la realidad y tus sueños me dices que me quieres.
Ese calorcito que emana tú boca, te ha convertido en mi adicción.
Adicta a tus diálogos nocturnos,
A esa conexión trasnochadora de pieces, la perfecta unión
Donde no se sabe donde empieza uno ni donde termina el otro
Piecitos de amor, eso es lo que son
Que se besan en la noche a escondidas
Para que no nos enteremos que ellos también están enamorados
Esta mañana descubrí a mis pies buscando los tuyos cuando ya te habías ido
Y me di cuenta que estas patitas algo me ocultaban,
Pero ya las descubrí
Pese a no ser simétricas, pues una calza más que la otra
Están completamente enamoradas
Esperando que llegue la noche para besar las tuyas
Y abrazarse en un enredo patuno que nadie entiende
Escondidas, solapadas, sedientas de roce.
Pensando en tus talones, tus uñitas, tú calor.
La semana pasada las vi llorando, porque no estabas
Transpiraban de desesperación y movían sus deditos, extrañando.
Ahora están contentas, porque algo les dice que esta noche tendrán una nueva cita
Y volverán a abrazar, y a besar, desnudas, otra noche más.