miércoles, 2 de diciembre de 2009

Joyas peligrosas



Fuimos a la venta de joyas. Todo parecía muy normal. Mi mamá me enseñaba los hermosos collares y se los ponía para mostrarme cómo le quedaban. Eran collares maravillosos, diamantes que destellaban un sin fin de colores mientras la luz rosaba sus rocosas superficies. Nunca me han gustado mucho las joyas, más bien soy sencilla. No me gusta usar anillos porque me hinchan los dedos. Collares uso sólo para ocasiones, y los aros me los pongo para que las miradas se concentren en ellos y no en mis dumbísticas orejas. Mi madre se mimetizaba con los diamantes y sus ojos se le hacían cada vez más luminosos. Ante tanto entusiasmo, no me quedó más que sumergirme en los collares y comenzar a soñar con hermosas fiestas de gala, probándome cuanto collar llegaba a mis manos, jugando a ponérmelos de coronas, creyéndome una princesa del Medioevo.

Mientras me miraba al espejo con un hermoso collar de perlas naturales, pude ver que fuera de la tienda unos hombres con capuchas negras se acercaban. No había que pensar mucho para darse cuenta que la joyería sería asaltada. Me agaché lo más rápido que pude y pasé entre unos mostradores de joyas hacia el interior de la tienda. Le dije a mi madre que hiciera lo mismo. Ella me miró con cara de “!qué diablos te pasa!”, observando para todos lados con un encendido color rojo en el rostro, por si alguien había notado mi indiscreción. Se abrieron las puertas y entraron cinco encapuchados, gritando “!al suelo, todos al suelo!”, mientras apuntaban con unas extrañas armas. No es que sea experta en armas ni mucho menos, pero veo televisión y claramente estas armas no eran normales. Eran muy grandes y se parecían a las lanza aguas de los niños. En su interior se veía un liquido verde que se movía cada vez que apuntaban a alguien, cómo si el liquido tuviera vida propia y estuviera a punto de explotar.
Mi mamá ya estaba tirada en el suelo. Yo le hablaba bajito desde el otro lado, diciéndole que todo iba a salir bien, que se quedara tranquila. Increíblemente, había quedado en una posición en que podía ver lo que ocurría y estaba protegida al mismo tiempo. Nadie imaginaría que un ser humano cupiera por ese pequeño espacio entre dos mesones. Di gracias a Dios por ser tan flaca y luego pensé en las tonteras que puede pensar uno en los momentos menos oportunos. Vi una puerta abierta hacía el interior de la tienda, debía ser la bodega. Tenía que llegar hasta allá para llamar a la policía. Para eso tenía que cruzar muy rápido, sin que los ladrones se percataran de mi presencia.
Una vez al otro lado, en la oscuridad, noté que estaba en el cuarto de basura. Junté la puerta muy lentamente y saqué mi teléfono celular del bolsillo. No alcancé a llamar cuando los ladrones comenzaron a disparar, todos gritaban. Se me apretó el corazón y pensé en mi mamá, pero no me dio el valor para salir del cubículo en el que me encontraba. Miré por la rendija que quedaba entre la puerta y la pared. Unos rayos verdes en todas direcciones iluminaban la tienda. En vez de un asalto, parecía la guerra de las galaxias. No entendí nada. Noté que las manos de los asaltantes eran distintas a las manos humanas. Tenían una especie de ojos en la punta de sus tres dedos y eran de color café oscuro.
Apenas salieron del lugar, aún estupefacta por lo que había visto, corrí a ver a mi mamá. Me encontré con su cuerpo marcado en el piso y con pedacitos de su carne. No podía creer lo que veían mis ojos. Mi madre había desaparecido, la habían desintegrado. Me tiré al lado de su marca y lloré amargamente. Mi madre ya no estaría nunca más conmigo, y ni siquiera tenía su cuerpo para poder sepultarla. Mientras lloraba, vi algunos pedacitos de su carne que aún se movían. Pensé en tomarlos y echarlos en alguna cajita para tener algo que sepultar. ¿Cómo iba a llegar a la casa con pedacitos de carne, explicando que en eso había quedado mi madre?, ¿Cómo decirle a mi papá, acá está tu esposa?. El llanto se apoderaba cada vez más de mi y la confusión de lo que había visto llenada de preguntas mi cabeza. De pronto vi que uno de sus pedacitos de carne se lo tragó la tierra, como el piso lo hubiera absorbido. Me restregué los ojos para quitarme las lágrimas y ver si efectivamente el suelo se había tragado un pedacito de la carne de mi mamá. De pronto todos los otros pedacitos de carne también fueron absorbidos por la tierra. Ahora sí que ya no quedaba nada de ella. Ni su carne, ni su ropa, nada. Más pena me dio. Lloré como si me estuvieran cortando en pedazos.
Entre tanto sollozo, escuché la voz de mi mamá. “Dios mío, además estoy loca”, pensé. Pero me seguía hablando. “hija, estoy aquí”. Miré hacia todos lados. Quizás era su espíritu que se quería despedir.
-¿Mamá?- pregunté, mirando hacia todos lados.
-si hija, estoy aquí- respondió.
-no puedo verte mamá, ya eres un espíritu- repliqué.
-no, nada que ver, esto es muy raro. Estoy aquí abajo, en el piso-
Miré hacia abajo y vi a mi mamá en el piso, su cara, sus manos, su cuerpo. Mi mamá completa me hablaba desde el piso. Como una sombra. Decía estar de pie, pero yo la veía acostada. Con ropa, su cartera, su peinado. Se movía y me hablaba, pero desde el piso, como si estuviera en televisión y la pantalla estuviera en el suelo. Se ve todo muy plano, igual que el piso, pero ella está allí.
-¿estás bien?- le pregunté
-sí, muy bien. Pero es extraño. Si quiero mirarte, tengo que mirar hacia abajo y si miro al frente, veo el techo-.
-¿qué pasó?, ¿Cómo es allá?, ¿hace frio, calor, que sientes?-
-La verdad es que no sé qué pasó, pero ese rayo hizo que me tragara la tierra. Acá todo es muy quieto, no hace ni frio ni calor. Siento mi cuerpo, me muevo normal, todo es igual. Pero a mi lado se ve todo gris. Si te miro a ti se ve la ciudad, es como si estuviera dentro de un espejo, pero en el suelo-.
-¿Y qué vamos a hacer?
-no lo sé. Intenta darme la mano a ver si me puedo agarrar y me tiras-
Juntamos nuestras manos, yo en la superficie y mi mamá desde dentro del cemento. Veía sus manos y ella también veía las mías, pero fue inútil. No puede entrar mis manos en el cemento y sacarla. Ella tampoco logró atravesar la barrera. Mi mamá puso cara de choreada y me dijo:
-tremenda cagada, como mierda voy a salir de aquí, ¿qué va a decir tú papá? Bueno, vámonos para la casa nomás, qué vamos a hacer aquí-
-tienes razón, vámonos antes de que lleguen los policías, porque si no me van a encerrar en un manicomio si les cuento lo que pasó-
Miré a mi mamá y vi que conserva uno de los collares más caros que tenía la tienda, su favorito. Un collar de diamantes maravilloso, avaluado en millones de dólares. Collar que obviamente nunca iba a comprar, pero era feliz tan sólo con probárselo.
- mamá, ¡te quedaste con el collar!-
Se miró y se rió a carcajadas.
-que me lo vengan a quitar pues. Lo malo es que ahora ¿a quién se lo voy a mostrar? Vámonos mejor que se hace tarde y tengo que llegar a preparar la cena, aunque……… ¿podré cocinar así?.

martes, 10 de noviembre de 2009

Martes trece



Eran las cinco de la mañana de un martes trece. Siempre se ha dicho que este no es un buen día. Se dice que es el día de los brujos, que se caen los aviones, que los espíritus salen a pasear, etc. Yo no sé si sea verdad, pero de lo que sí estoy segura, es que nunca olvidaré esa noche.

Habíamos comido pescado durante la cena. Siempre tengo mucha sed luego de comer pescado, pero esta noche olvidé llevar un vaso de agua al dormitorio. Como de costumbre, vimos un poco de televisión y nos pusimos a dormir. Noté que mi novio dormía intranquilo, se movía y saltaba todo el tiempo. No le di importancia y después de darle unos mimos y abrazarlo, me quedé dormida.

Eran las cinco de la mañana en punto cuando desperté agitada, sudando y sedienta. No sabía qué hora era, hasta que vi el reloj de la mesita de luz. Pensé que era un fastidio ir hasta la cocina a buscar un vaso de agua a esa hora, pero mi boca seca y pegoteada me llevó hasta el refrigerador. Nunca me levanto a esa hora, para mí el sueño es algo sagrado y tiene que ser de corrido. Nada peor que despertar en medio de la noche y quedar con el sueño cortado. En la obscuridad, busqué mis pantuflas al tacto de mis pies y me cubrí la espalda con la bata de levantar. Todo parecía normal. Se escuchaba el ruido del refrigerador, una alarma de auto que sonaba a lo lejos y el tic tac del reloj de pared que nos regaló la bisabuela de mi novio. Abrí la puerta lentamente para evitar el típico crujido de las puertas de madera, pero no funcionó.

Del dormitorio principal a la cocina debe haber unos quince pasos. Diecisiete al refrigerador. Caminé como sonámbula. De memoria. Debo haber bostezado un par de veces en el camino, quizás me rasqué el estómago, o me restregué los ojos. Las típicas cosas que hace uno cuando tiene ese nivel de sueño. Abrí el refrigerador y de manera casi inconsciente, abrí la botella y empecé a beber. La luz del refrigerador abierto iluminaba mi cuerpo. Pensé en llevar más agua por si volvía a tener sed. Dejé el refrigerador abierto mientras buscaba un vaso, y como en la peor película de terror, cuando voltée, había un hombre o un animal cerca del refrigerador, lo iluminaba la luz, se podía ver claramente. Tenía el porte de un hombre, pero más bien parecía un animal, con unas alas de pájaro que se asomaban detrás de su cabeza. Sus ojos eran rojos, como de fuego y su rostro era la mezcla entre un hombre y un pájaro. Tenía una especie de pico pequeño, donde se asomaban unos dientes amarillos por los costados. Su cuerpo era oscuro, quizás negro, cubierto de plumas, grandes y chicas, y aunque trataba de cobijarse con la oscuridad, la luz del refrigerador delataba su presencia. Su patas tenían garras, grandes, filudas, sonaban en el piso cuando se movía. Sus brazos eran como brazos de hombre, fuertes, musculosos. Tenía dedos de hombre, pero con garras. Emitía un sonido y aunque era muy bajo, se escuchaba algo así como “pli, pli, pli” mientras respiraba.

Me quedé estupefacta viendo semejante espectáculo. No podía creer lo que tenía en frente. No podía gritar, no podía hablar ni gesticular. No me salía la voz. Se veía tan claro, era imposible confundirlo con alguna otra cosa, ahí estaba, en frente, sin previo aviso. Sentí mi cuerpo sudar mientras un frio me cubría de pies a cabeza. Comencé a mirar alrededor del personaje, a identificar mi casa. Todo parecía en orden, los muebles, el color blanco de las paredes, la mesa puesta para el desayuno. Excepto por el monstruo hombre-pájaro que tenía al frente. No sé cómo resbaló el vaso de mi mano y se estrelló en el piso.

De pronto estaba sentada en mi cama, sudando y con el corazón latiendo a punto de explotar. Miré el reloj sobre la mesita de luz, eran las cinco de la mañana en punto. Estaba sedienta, pero no me levanté. Mi novio se despertó asustado y me preguntó:
-¿qué pasó?-
-nada-, respondí aliviada, sólo fue una pesadilla.
Me di vuelta preparándome para volver a dormir. Mi novio me abrazó por la espalda. Me sentí segura, confiada. Me alegré de que todo hubiera sido un mal sueño. Sentía como los brazos fuertes y musculosos de mi novio me cobijaban. Y su respiración en mi cuello me hacía sentir aliviada, excepto cuando empezó a susurrar “pli, pli, pli”.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Tonteras de minas



Creo que todas las mujeres hacemos estupideces en algún momento de nuestras vidas. Recuerdo cuando tenía trece años, y la mayoría de mis compañeras lucían sus nuevos senos producto del desarrollo. Yo, aún con mi cuerpo de niña y más flaca que un fideo (nada por aquí, nada por allá) tenía que competir con las nuevas bubis de mis compañeras, una tarea casi imposible.  




Buscando fórmulas para verme mejor, (como si los chicos hubieran preferido un bonito peinado a unas buenas bubis, que ilusa) se me ocurrió que los pelitos que tenía en la frente se veían mal y tenía que quitarlos a como de lugar. Claramente, sin utilizar cera, mi cobardía me alejada de cualquier método depilatorio que incluyera dolor. De ahí que me ponía la calceta y el jumper para rasurarme sólo el sector que se veía. Sabía que rasurarse no era la mejor opción, pero quitar la frazada de pelos que me habían acompañado desde mi infancia con cera caliente, o lo que es peor aún, con epiladi, no era una opción. En ese tiempo no existían la “ no no” o la “Braun” (se me calló el carnet ¡ays!).

Fue así como llegue a la crema depilatoria, según yo, la solución a mis diminutos pelitos de la frente. Recuerdo ese día, sola en mi casa frente al espejo y los palos de helado en mi mano para esparcir el ungüento. No tardé nada. Me puse un colet amarrándome el pelo y apliqué la solución en la zona, tal como decía en las indicaciones. Estaba feliz, por fin se irían esos molestos pelitos y me dejarían vivir en paz. Después de seguir paso a paso las instrucciones, me fui a ver televisión y a buscar al refrigerador alguna cosa para comer. No me di cuenta cómo pasaron los minutos, cuando vi el reloj, ya había pasado media hora, el doble de lo recomendado. Me fui a baño y lave la zona con abundante agua.

Aún recuerdo el grito que di al verme al espejo con una frente de veinte centímetros. Con el calor de la cabeza, la crema se había esparcido hasta lugares insospechados. Lloré toda la tarde. Además de no tener bubis, tampoco tenía cabello. Pasé dos meses peinándome como los viejitos pelados, agarrando pelos de la mitad de mi cabeza y acomodándolos con gel en mi frente de veinte centímetros. Tristes días. Como cuando no leí que el autobronceante no se debía aplicar en las manos y estuve una semana con manos color zapallo radiante metidas en los bolsillos. ¿Por qué las chicas hacemos tantas tonteras?

viernes, 25 de septiembre de 2009

Amor por curriculum


Amor por curriculum, es cuando buscas a alguien por lo que representa, más que por lo que verdaderamente es. Cuando uno busca un amor por curriculum, se fija en; la profesión,  los ingresos,  dónde vive, universidad en la que estudió, qué hacen sus padres. Se evalúa inteligencia, belleza, sentido del humor, etc. En un principio, todo parece ir muy bien, el chico (a) parece perfecto, y aunque existen algunas cosas que no son de nuestro completo agrado, las dejamos pasar, porque el curriculum pesa más que los defectos que pueda tener.


El problema comienza cuando verdaderamente se empieza a conocer a la persona. Descubres que es un  avaro, que se pone nervioso cuando contesta el teléfono y supuestamente es su “amiga”. Es irascible y no se le puede decir nada cuando anda de malas. Sigue pasando el tiempo y salen a la luz otros aspectos de su personalidad. Por esas cosas de la vida, conversando con sus amigos, te enteras que no salió de la universidad que había dicho, sino de una de menor calidad. Eso no te importa mucho, pero te llama la atención por qué te mintió. Ya no quiere compartir con tus amigos como lo hizo en un principio. No le caen bien y siempre inventa excusas. Para que decir sus celos, te llama todo el día. Si sabe que viste a alguien del sexo opuesto le sale humo por las orejas. Cuando salen se pasa de copas y da espectáculo.


Todos sabemos que no existen ni los hombres ni las mujeres perfectas. Con el tiempo uno aprende a vivir con los defectos de la pareja. Pero muchas veces elegimos mal a nuestras parejas porque nos fijamos en el curriculum más que en la persona. La mayoría de las veces cuando elegimos a alguien por el curriculum, nos olvidamos de querer descubrir verdaderamente quienes son, y cuando empezamos a ahondar en su personalidad y sus valores, nos damos cuenta de que no son para nosotros.


He escuchado a muchas mujeres y hombres quejándose por no encontrar novio(a) -¡ya no quedan hombres! ¡las mujeres con su cuento de libertad están cada vez peores! Lo que me llama la atención, es que en este mundo existe casi la misma cantidad de hombres y mujeres. Me pregunto ¿por qué hay tantas personas solas queriendo estar en pareja? Llegue a la conclusión que las expectativas que se generan en torno a una pareja son demasiado altas. Nos armamos un esquema mental sobre lo que creemos que nos puede hacer feliz, y vamos construyendo una extensa lista llena de exigencias, que sin querer, nos alejan de nuestro verdadero objetivo, encontrar el amor.


Como las expectativas son altísimas, entonces empezamos a pedir curriculum, (para que perder tiempo con los que no califican), y a evaluar cual de todos se ajusta mejor a los “requerimientos de la empresa”. El problema es que no funcionamos como una empresa. Tenemos corazón. El corazón tiene otros códigos y funciona bajo otras lógicas. Quizás sería mejor dejar de pedir curriculum y fijarnos en las personas, en sus valores y lo que están dispuestos a entregar. Estoy convencida que podríamos sorprendernos y ser mucho más felices de lo que somos.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Simplemente, el amor vale la pena


Mientras me vestía, recordaba los aniversarios de mis padres. Mi mamá se tomaba casi todo el día para bañarse, perfumarse y maquillarse, para por fin en la noche, salir a comer con mi papá. Yo en cambio, en veinte minutos ya estaba lista, esperando a mi hombre que no soltaba a su amante, la computadora. Era mi primer aniversario conviviendo con alguien, no podía creer que ya había pasado un año, pasó tan rápido, supongo que es porque lo hemos pasado bien.


Llegamos al restaurant, todo a media luz, muy romántico. Comida thai-vietnamita en uno de los mejores restaurant de New York. La atmosfera a la luz de las velas, mi vestido rojo ajustado y la cuenta al final de la noche, dejaban claro que estábamos celebrando una ocasión especial. La pareja junto a nosotros celebraban su primer día de casados, se miraban con ternura, y se entrelazaban en un juego de manos cada vez que podían. Yo los miraba enternecida, tenían alrededor de cincuenta años y parecían unos quinceañeros.


El calor de las copas de vino empezó a subir. Nos reímos mucho. Conversamos de su libro, de mis clases, de la vida, del amor, etc, - “la pasamos divino”-, como dice mi amiga venezolana. En un momento me comentó como anécdota, que cuando miraba chicas guapas en la calle o donde quiera que fuera, nunca las encontraba chicas más guapas que a mí, mientras yo bromeaba diciéndole, - ¡es que más guapas que yo no hay!-. Ese comentario me hizo pensar los muchos tipos guapos que veía a diario caminando por las calles de Manhattan, y en lo insignificante que se convertían al ver la sonrisa de mi amado. Hasta que llegó el momento y le entregue su regalo, una carta de dos planas, diciéndole lo feliz que me hacía y contándole una historia. Nuestra historia. El momento en que llegó a mi vida y cómo Dios tuvo que ver en todo esto. Fue una completa catarsis. Había esperado meses para contárselo. Nunca antes me había sentido tan desnuda. Caminar literalmente empelotas por la calle hubiera sido sentirme mucho menos desnuda que al manifestar todo lo que guardaba mi corazón.


Apenas se la entregue la quiso leer. Seguí atentamente sus expresiones mientras la leía. Apenas terminó me miró y me dijo -no te creo ¿cómo tan perfecto?- Le expliqué algunas cosas, pero lo que en verdad quería decirle, es que hacía tiempo le había entregado las cosas a Dios y él es perfecto, por lo tanto sus obras a la vez son perfectas. Ya estaba tan abierto mi corazón que no quería desnudarlo más, además, no quería que sonara a una prédica canuta.


Aunque no me diga nada, yo sé que algo cambió en él después de esa carta. Me sintió segura, realmente entendió que yo encontré en él lo que busqué toda mi vida. Después de ese día lo veo más confiado, su relajo lo manifiesta hasta en cosas simples, al otro día ni siquiera se cambio la ropa, se ve sereno, seguro, feliz y todo el tiempo me dice que me ama, (aunque eso lo hace siempre, al igual que yo). Es que le mostré mis sentimientos tal cual eran, sin reparos, sin cartas bajo la manga y sin temor.  De alguna manera, él, al igual que yo, bajó la guardia. Comprendió que me tiré a la piscina sin chaleco salvavidas y lo valoró.


Con los años y las malas experiencias nos vamos protegiendo, formando corazas alrededor de nuestro corazón. Es increíblemente que cada vez es más difícil hablar de sentimientos y más fácil hablar de sexo. Siempre es un riesgo entregar el corazón. Es tan doloroso cuando uno sale lastimado, que cuesta volver a confiar. Vamos estableciendo límites en la entrega, creando nuestras propias reglas. Porque siempre existe el riesgo a llegar un día y encontrarlo con otra, o a que simplemente ya no te ame.


Cuesta abrir el corazón, pero para mí después de abrirlo varias veces y salir muy lastimada, esta vez valió la pena. Veo como nuestra relación crece y renace aún más hermosa y más fuerte. Nuestros cascarones se han ido rompiendo poco a poco dejando atrás la vergüenza, el temor y la desconfianza. Simplemente, el amor vale la pena.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Un año de amor


Hoy es 7 de septiembre y es nuestro aniversario, como la canción. No puedo creer cómo el tiempo pasó tan rápido. Hace un año atrás vivía sola en mi departamento de 45 metros cuadrados en providencia con vista al cerro y a un hermoso parquecito. En ese departamento podía pasar horas mirando a los niños jugar desde el balcón. Era jefa de campaña de un candidato a concejal. Ganaba poco. Pero no necesitaba más, era muy feliz. La vida me sonreía cada mañana, pero aún faltaba una pieza del rompecabezas para que todo tuviera aún más sentido.

Hoy, disfruto de un día soleado tirada en el sillón con las ventanas abiertas para que entre el aire. Junto al aire entran los ruidos de Brooklyn con sus negros gritones, sus latinos sabrosones y el reggeton. Qué me iba a imaginar donde me traería el amor. Las mañanas de los días de verano son un sueño en Nueva York. Las películas se quedan cortas. Si la gente pudiera respirar el mismo aire de la escena de una  película, todo el mundo querría vivir en New York.

Recuerdo el año pasado, habían pasado dos semanas de nuestro primer beso y como en las películas, me besó y se fue a NY, con su libertad y su estatua. Pasaron dos semanas y tocó el timbre, abrí la puerta dudando si besarlo en la cara o en los labios. Sólo alcancé a cerrar los ojos y me dejé llevar, en un dulce y maravilloso beso. Sus ojitos me decían que me había extrañado y yo lo miraba pensando –aysssss, me gusta!-.

Y así fue como el 7 de septiembre me pidió pololeo, y contra toda regla autoimpuesta, dormimos en la misma cama. Aún recuerdo mi discurso de no convivir antes del matrimonio, poco me duró, a los tres meses vivíamos juntos. A los cuatro meses seguíamos viviendo juntos, pero en New York. Hoy Lo veo trabajar en su escritorio junto a la ventana, concentrado, escribiendo a la velocidad de la luz y pienso........ya ha pasado un año, estoy igual de ilusionada y aún más enamorada. Aunque hay cosas que no me gustan y muchas veces preferiría ver su blackberry rio abajo, su sonrisa de niño no la cambio por nada.

jueves, 20 de agosto de 2009

Un año más hace años


Recuerdo mi mejor cumpleaños de niña. Mi mamá me vistió para la ocasión con mi vestido escoses y mi hermoso abrigo rojo. Salimos con mi papá bajo la lluvia camino al centro en el tan querido Fiat 147. El primer auto de mi papá. Recuerdo el ruido de la lluvia golpeando en el parabrisas, era tan fuerte que pensaba que en cualquier momento empezaría a gotear. 


Estaba llena de ilusión. No sabía bien donde iríamos, pero tenía tanta emoción que eso daba un poco lo mismo. Era la primera vez que salía sola con mi papá. Mi padre trabajaba toda la semana muy duro, desde muy temprano hasta tarde. Mi papá los fin de semana evitaba salir. Prefería descansar y mirar televisión. Mi mamá se molestaba mucho. La pobre pasaba toda la semana en la casa, esperando el fin de semana para hacer algo entretenido en familia y finalmente casi nunca salíamos.


Pienso que ese día tuvo que ser un sábado. Mi papá me regaló todo el día. Estacionamos el auto y seguía lloviendo. Me dijo que no me bajara aún del auto. Esperé hasta que mi padre se diera la vuelta y me tomara en brazos y así no mojarme con la poza de agua que había bajo la puerta. Abrió mi paraguas rosado y me preguntó – ¿lista para celebrar tú cumpleaños?-. –¡síiiiiiii!- respondí. Comenzamos a caminar hasta que llegamos a una galería y me dijo - como hoy es tú cumpleaños, vamos a comprar todo lo que tú quieras- lo miré y con cara incrédula le pregunté- ¿en serio?, -¡claro!, es tú cumpleaños-respondió.


Lo hice caminar por todas partes. Era tanta la emoción de poder pedir lo que quisiera, que no sabía qué elegir. No estaba acostumbrada a tomar decisiones. Siempre eran mis padres los que tomaban las decisiones por mi. Me elegían la ropa y los regalos, qué iba a saber yo de lo que quería. Mi indecisión era tal que caminamos toda la tarde sin comprar nada. La cara de agotamiento de mi papá era evidente, pero estaba tan dispuesto a hacer lo que yo quisiera, que no le importó seguir caminando. Me tomó de la mano tiernamente y disfrutó con todas mis indecisiones.


Mi abuela paterna hacía peluches, Para todos los cumpleaños y navidades nos regalaba peluches. De ahí tuve que haber sacado mi brillante idea. Cuando vi que se hacía tarde y el sol se escondía, me apresuré en decidir que ¡peluches era lo que quería! Visitamos todas las tiendas de peluches. Cómo olvidar a ese Pájaro Loco, ¡era casi de mi porte! Fue así compramos muchos peluches, todos los que me gustaron.


Ese día fue mágico. No sólo porque tenía la opción de poder comprar lo que quisiera, que a cualquier niño le hace mucha ilusión, sino porque estar con mi papá todo un día. Sólo yo fui su preocupación por ese día. Fuimos complices decidiendo que peluche era lindo y cual era feo. Ese día lo recuerdo hasta hoy.  desde ese día al pasar junto a una vitrina de peluches recuerdo a mi padre, con cara de cansado, riéndose de mí, mientras torpemente trataba de sujetar las bolsas de peluches y el paraguas.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Amor inmobiliario


Encontrar el amor es como encontrar el departamento que siempre soñaste. Ese lugar luminoso con los espacios justos, la distribución perfecta y la orientación cordillerana.


Para encontrar el departamento perfecto hay que buscar mucho. Gastar dinero, tiempo, teléfono, etc.  Es bien variada la oferta. Hay departamentos que se ven bastante bien, pero si observas con detenimiento tiene fallas arquitectónicas importantes. Paredes agrietadas, fisuras, goteras en el techo. En un principio son un completo desastre. Pero cuando conoces el departamento de tus sueños, ese que siempre imaginaste, que está dentro de tus posibilidades, donde tus muebles calzan perfectos y no te importa que le falte una mano de pintura, porque frente a la maravilla que ves frente a tus ojos, que haya que hacer algunos arreglos, deja de tener importancia.


Así también pasa con el amor. Hay que salir a buscar. Invertir plata, tiempo, teléfono. Conoces todo tipo de especímenes, el guapo malo, el feo inteligente pero mamón, el tierno con problemas psiquiátricos, etc, hasta que llega él, o ella y sabes que todo lo anterior valió la pena.  Comienzas a proyectarte, a imaginar tú vida futura junto a esta persona. Sientes que todo es perfecto. Es tú complemento. Esto era lo que estabas buscando, y aunque tiene sus fallas y hay que ajustar ciertas cosas, no se compara con toda la felicidad que te entrega.


Así como cuesta encontrar en departamento que se ajuste completamente a las necesidades de cada uno, el amor también tiene todo un mercado. Por eso cuando sientas que encontraste lo que querías, ¿para qué pensarlo tanto?, hay que firmar la promesa de compra-venta rápidamente, para después de algún tiempo, firmar el contrato definitivo. No vaya a ser que en la demora salgan mejores ofertas!

martes, 21 de julio de 2009

Señorita perfectita


Hace algunos años cuando aún contaba los años que me quedaban para los 25 (pensando que un cuarto de siglo era importante, no sé por qué), descubrí algo que cambio mi vida y dejé de querer ser la niña perfecta que siempre fui (…¡cuek!)

Tengo un hermano menor por poco. Siempre tuve muchos amigos varones y en general siempre me he llevado muy bien con el sexo opuesto. Pero cuando me gustaba un chico, algo pasaba, y mi mente me empezaba a dictar frases tan repetidas de mi madre como: -¡Por Dios mijita, canaliza esa risa!-. Cosa que nunca fui capaz de hacer, no porque no quisiera, sino porque mis carcajadas son tan explosivas que simplemente no puedo controlarlas. También frases como -Maquita, !las señoritas no dicen garabatos!, y así ,unas cuentas frases que me recordaban lo imperfecta que era.
El resultado era que durante las citas, trataba de comportarme como una “señorita perfectita”, evitando mis carcajadas, tratando de no decir garabatos, dando respuestas políticamente correctas, sumado a los nervios que me provocaba el chico que me gustaba, y mis esfuerzos por hacer todo bien (según yo), terminaba agotada. Lo pasé mal tratando de comportarme y de agradar a mi cita. Era tan frustrante llegar a casa sintiendo aún esa inconformidad de … no debí decir esto, o no debí hacer esto, que las citas se volvieron una lata y dejé de disfrutarlas, cada vez que conocía a alguien y me invitaba a salir, me incomodaba tan sólo pensarlo.
Hasta que llegó un día que no aguanté más y fui yo misma, con mis carcajadas brutas, mis garabatos, mis torpezas, mi estilo directo nada de diplomático, mis chistes en doble sentido, mis ironías, etc. Y ocurrió algo fenomenal!...........lo pasé increíble. Me importó un moco lo que pudieran pensar de mí, me centré en lo que yo quería, no en lo que creía que esperaban de mi, y lo disfruté. Simplemente fui yo, sin máscaras, la misma Maca de la casa, la de sus amigos, la que llegaba tarde a clases y tenía un vicio con las mentitas.
Lo que nunca imaginé, es que mostrar a la real Maca me traería muchos beneficios, porque la “Maca señorita” ¡no existía! De alguna manera, algo había en su discurso que la hacía menos creíble y mucho menos atractiva. En cambio, la Maca real, con sus virtudes y defectos, y dejando a un lado la humildad, como dice Thalía, iba ARRASANDOOOOOOOOOO!!!.

miércoles, 8 de julio de 2009

Visita al kinesiólogo.


Tenía unos 18 años cuando decidí visitar al kinesiólogo por algo que no recuerdo. Algo relacionado con los pies. Me preocupé de ponerme calcetines del mismo color y un poquito de talco, para no andar pasando vergüenzas (no tengo mal olor, pero uno nunca sabe).


Mi mamá me acompañó como siempre. Aunque ya era grande, ir al médico suponía la presencia de mi progenitora. Después de esperar unos 20 minutos en la sala, escuché mi nombre. Ahí estaba el médico llamándome. Alto, joven y guapo. -nada peor que visitar a un médico mino para que te vea las patas- pensé. Uno se acostumbra a que la mayoría de los médicos sean de edad avanzada. No se está preparada para encontrarse con un guapote en la vulnerabilidad de lo que significa mostrar alguna parte del cuerpo. Todo había empezado mal, pero no imaginé que empeoraría.


Como es de costumbre, me preguntó la edad, nombre y cosas de rutina. Le expliqué por qué lo visitaba. Le comenté de mis síntomas. Todo estaba bien hasta que me dijo -sácate la ropa y acuéstate en la camilla-. Me saqué los zapatos, los calcetines y me acosté. Cuando el doctor dejó de escribir y me vió, me dijo -necesito que te saques TODA la ropa-. Ups!.


Desvestirme delante de un mijito rico frente a mi mamá ya era terrible, pero la cosa empeoró cuando comencé a bajar mis pantalones y sentir mis nalguitas descubiertas, no podía ser……।!andaba con colales!!!!!. –¡por la misma mierda!- pensé, pero no terminó ahí, aún venía lo peor. Cuando me di cuenta el colales que estaba usando casi muero. Un colales verde, desteñido, que me había traído mi mamá como broma de Argentina. No era un colales normal, sino un mini colales. Con suerte y buena vista se notaba. Mi mamá me abrió unos ojos de cinco kilómetros y miró hacia otro lado, no podía más con la vergüenza ajena.


El médico se me quedó viendo unos segundos con cara de plop, pero hizo todo nada. Aunque sentía sus ojos en mi trasero todo el tiempo. Comenzó a revisar mi columna, brazos, piernas para lo cual ¡me tuve que subir a una pesa que tenía un espejo! Y así poder observar bien la curvatura de mis pies. Trataba de poner mis piernitas bien juntas, mientas moría por dentro. Hice todo lo que me pidió. Tratando de no caer desmayada. Mi mamá me miraba con cara de "me salió tonta esta niñita" Para cuando ya no me quedaba dignidad alguna, el broche de oro. El doctor me dice - levante los brazos lo más alto que pueda, y después tóquese la punta de los pies. ¡!!!!!!!!!!PLOP!!!!!!!!!!


Me mandó a sacar unas radiografías y que volviera la próxima semana. tuve que cambiar de centro médico y de doctor.